
Primera salida con la pandilla de Hsinchu,
bajo un cielo despejado y sol radiante.
Directo de Sanyi a Yuanli,
al final del sendero, el Horno Huatao.
Aunque hablar de dinero es vulgar,
para entrar hay que comprar boleto.
Subiendo la cuesta al parque,
el paisaje sencillo atrae la mirada.
Ladrillo rojo, puerta de madera desgastada,
higuera verde, enredaderas secas muestran vejez.
Por doquier versos de poemas,
que añaden elegancia junto a duraznos y ciruelos.
Brisa trae el inicio de primavera,
hojas verdes flotan en tinajas de agua.
Todo el camino contento y sin prisa,
olvido preocupaciones, río a carcajadas.
A las once llega el guía,
en semicírculo habla del horno.
Mil grados de temperatura ascienden,
ocho días, siete noches para hacer cerámica.
Luego visitamos el jardín botánico,
ciruelos, flecos, diez méritos.
Cada uno con una taza de té de almendra,
en el lago junto al bambú, cesa el bullicio.
Sin darnos cuenta, el tiempo vuela,
los estómagos rugen.
Arroz de cosecha es el almuerzo,
cerdo estofado con brotes de bambú, sabor antiguo.
Tras la comida, té de la tarde,
en el corredor, llovizna.
Chocolate de turbera volcánica,
amargo y dulce con bebida.
Robando medio día de ocio,
charlamos de todo sin parar.
Brisa sin preocupaciones, gente tranquila,
la alegría pasa fugaz y silenciosa.
Nos levantamos, ya casi anochece,
subimos a mirar los caminos del campo.
Lo rural sin adornos es lo más auténtico,
montañas verdes difusas, agua lejana.
Regresamos a Hsinchu,
en Hojas de Hierba asamos pastel de arroz.
De repente, fuegos artificiales en la calle,
cálidos y satisfechos celebramos el Festival de los Faroles.
Lástima que algunos no pudieron venir,
este viaje lo organizó Gato Espíritu.
Transmitimos su pesar a todos,
¡esperamos encontrarnos la próxima vez!